martes, 26 de agosto de 2014

Asuntos internos, por Roberto Corte. Comentarios al calor de algunas disputas suscitadas en el teatro asturiano acerca del teatro profesional y el amateur.

Hoy ofrecemos el interesante artículo Asuntos internos aparecido en el número 38 de la revista asturiana de teatro “La Ratonera” firmado por Roberto Corte Martínez, autor, director y editor ovetense. En este artículo Roberto Corte nos traslada su punto de vista, como profesional de las artes escénicas y editor, sobre las disputas suscitadas en el teatro asturiano acerca del teatro profesional y el amateur. Reflexiona sobre ciertos argumentos utilizados por una parte del sector profesional asturiano al poner en su punto de mira, casi como una obsesión, los logros del teatro amateur.

El debate sobre el teatro amateur y el teatro profesional, en Asturias, está envenenado. La vertiginosa inmediatez que proporcionan las redes sociales, su omnipresencia y su efecto multiplicador, le han dado al tema un sensacionalismo que anula el rigor que se necesita para una discusión seria.

Hay que ser muy ingenuo, y muy inconsciente, para creer que los graves problemas que tiene el teatro profesional guardan conexión causal con el teatro amateur.

Asuntos internos, por Roberto Corte

Escribo estos comentarios al calor de algunas disputas suscitadas en el teatro asturiano acerca del teatro profesional y el amateur. Como ya el título indica son “asuntos internos”, cuestiones que yo considero menores y sólo de interés para los implicados. Pero debido a la insistencia con que se presentan —no hay tertulia teatral que se precie donde estas cuestiones no acaben “centripeteando” la conversación—, a estas alturas no puedo menos que lanzarme al ruedo y hacer pública mi opinión, por desordenada que esta sea. Si algún lector curioso de otras comunidades estuviera interesado en seguir el tema sepa que las claves de identificación de siglas van al final.

Pienso que el debate sobre el teatro amateur y el teatro profesional, en Asturias, está envenenado. La vertiginosa inmediatez que proporcionan las redes sociales, su omnipresencia y su efecto multiplicador, le han dado al tema un sensacionalismo que anula el rigor que se necesita para una discusión seria. Cualquier tema que se quiera desarrollar requiere su tiempo. Y nada hay más peligroso para el análisis que las reflexiones en caliente. Las redes sociales son medios calientes y, en general, no hacen otra cosa más que “fijar” algo que se dice, a veces, inopinadamente. Pero con la peculiaridad de que las palabras que se “fijan” ya no se pueden borrar ni desmentir que se han escrito. Aunque considero mezquino acogerse a ellas si no son consustanciales al tema que nos ocupa, porque de lo contrario no haríamos otra cosa más que eternizar la discusión y llevarla por terrenos personales que nada ayudan a enriquecer el debate. Como las redes están preñadas de comentarios “calientes” pondré un solo ejemplo para no repetirme y olvidarme de ellos: cuando decidieron concederle una categoría en los Premios Max al teatro amateur o a sus aledaños, un miembro de la Plataforma, convencidísimo, se quejó con ironía en unas líneas acerca de si una acción similar sería imaginable en los Premios Goya. Pues bien, cualquiera que sea un poco aficionado al cine sabe que, en más de una ocasión, ya se ha concedido Goya a cortometrajes y documentales realizados íntegramente, o casi, con equipos artísticos amateurs. Es decir, vemos aquí cómo una respuesta en “caliente” produce una “paradoja” concluyente que tritura la “idea” que se quiere defender, con el mismo argumento que se utiliza para el ataque. Cuando lo más sensato hubiera sido recapacitar un poco y buscar argumentos razonables sobre si procede o no (a mí no me parece mal) concederle un huequecito en los Max al teatro amateur, desarrollando el tema por analogías —si así se quiere— dentro del mismo campo proposicional. Sin más. Pues bien, es en este obrar en caliente, es en este desenfoque a sabor de boca sin argumentos ni discusión, es en este empecinamiento atrabiliario, donde, a mi juicio, en la mayoría de las ocasiones nos vamos por los cerros de Úbeda.

El cuadro sinóptico

Pero entremos en harina. Si estamos de acuerdo en que lo que procede discutir es el lugar que han de ocupar en la política teatral de las Administraciones los diferentes modelos asociativos, lo primero que tenemos que hacer es un “barrido” de conjunto para observar los elementos que entran en juego, y excluir ya de entrada a aquellos discursos que se oponen a que el teatro esté apoyado con políticas específicas. Aunque no lo parezca, todavía en el subconsciente de muchos gravita la idea ultraliberal de que el arte ha de navegar “libremente” al margen de las Administraciones. Y no es la primera vez que escucho eso de que “el teatro amateur, precisamente por ser amateur, no tiene por qué tener respaldo institucional”, o justo el mismo discurso desde el otro lado, “el teatro profesional, precisamente por ser profesional, ha de ganarse los garbanzos en la taquilla, como mi tío que es zapatero y se los gana con sus clientes”.

Los encontronazos y desencuentros entre el teatro amateur y el teatro profesional no son nuevos. En Asturias yo los he vivido hace quince o veinte años. El contexto era muy otro, pero los argumentos idénticos. En alguna de mis carpetas guardo los artículos de prensa y las cartas que la incipiente apcta mandaba a los ayuntamientos desaconsejando la programación del teatro amateur, por incurrir en lo que consideraban “competencia desleal”. Pensando en ello hoy no puedo menos que ruborizarme. A diferencia de ahora entonces éramos cuatro gatos —tanto unos como otros—, pero las líneas principales del debate ya estaban trazadas. Y en esto nada hemos cambiado. Yo, al respecto, hice un trabajo de recopilación de información para aclarar conceptos. Si quería saber cuál era el lugar que había de ocupar en el entramado artístico cada modelo teatral, tenía que contemplar el máximo de perspectivas de enfoque. Desde la etimológica (en el que todas las entradas son positivas y, consiguientemente, casi hasta intercambiables), la histórica (en cualquier contexto de la antigüedad, con sus pertinentes cambios y nomenclaturas, los dos modelos han tenido siempre su “razón de ser”), la ideológica (este ha sido uno de los aspectos más complejos, interesantes y discutidos, por el desprestigio que ha tenido el teatro profesional como sinónimo del teatro comercial, especialmente hasta los años ochenta del siglo pasado —me fue de especial ayuda el libro Documentos sobre el teatro independiente español)—, la sociológica (muy diferenciado en usos, cometidos y estatus, la gente reconoce sin problemas la categoría “profesional” como modus vivendi), la crítica artística (he contrastado muchas y el calificativo “profesional” es siempre sinónimo indiscutible de calidad, y el “amateur”, cuando aparece, de todo lo contrario), la de las simbiosis (hay bastantes más espacios intermedios de los que pensamos, algunos muy necesarios, y definirlos es tarea de todos), la comparativa (situaciones similares en el deporte y otras disciplinas), hasta la perspectiva administrativa, es decir, hasta la asignación que la Administración concede a cada modelo de asociación en función del cif. Que a la postre es la que más nos conviene considerar, porque todas las políticas culturales fueron concebidas de manera específica en función de estos modelos. Y porque, en definitiva, es la Administración la que da legalidad al asunto y regula las transacciones económicas y apoyos que estamos discutiendo.

La falacia conceptual

Habitualmente se acusa al teatro amateur de competencia desleal. Pero lo que siempre me ha llamado la atención es lo inapropiado de ciertos términos. Jamás he entendido eso de “competencia desleal”. Pienso que son palabras improcedentes, y que casi siempre que aparecen se utilizan indiscriminadamente como un acto de afirmación, demagógico. Hay competencia desleal cuando dos corredores que compiten bajo las mismas reglas, uno se las salta para procurarse ventajas. Pero el teatro amateur y el teatro profesional, hasta donde yo sé, compiten en categorías diferentes (modelo asociativo, competencias, cif, etc.). Otra cosa es la “suplantación de programaciones”, cuando las haya, o los “agravios comparativos” existentes, conductas todas que hay que reprobar y denunciar permanentemente (cuya responsabilidad es exclusiva de las Administraciones organizadoras). Pero, para aclararnos, conviene empezar llamando a las cosas por su nombre. Como el término “competencia desleal” es tan confuso y oportunista, pondré dos ejemplos de diversa índole para que sirva de reflexión sobre su complejidad conceptual: de todos es sabido que el Teatro Jovellanos concede anualmente un Premio a la Producción (y que sea por muchos años) para grupos profesionales de su localidad. Por ser el premio de una cantidad económica estimable, ¿es competencia desleal para el resto de grupos profesionales asturianos de otras localidades? Pues, aunque lo parezca, yo pienso que no. ¿Por qué? Porque aquí el criterio de enfoque y las líneas de demarcación son las territoriales, de la misma manera que tendríamos muy poco que objetar a las subvenciones que les otorgan los noruegos a las compañías profesionales noruegas, aun aludiendo a que todos competimos en un mismo mercado profesional internacional. Y otro más reciente: lo cuenta David Ladra en un artículo en Artez n.º 190, acerca de otro aparecido en Le Monde Diplomatique, de Thomas Ostermeier, director de la Schaubühne de Berlín, que arremete contra las compañías profesionales independientes (nuestras hermanas alemanas) porque entiende que perjudican seriamente al teatro institucional. «Ostermeier nos viene a decir que, en ese mercado de las artes en el que se ha convertido la cultura, esos grupos descontrolados son una competencia deslealque dan más cantidad por menos precio y les hacen el juego a “quienes nos quieren quitar el pan de la boca”». (La cursiva es mía. Más allá de la anécdota el artículo es muy recomendable por otros temas.) En fin, como se ve, la “competencia desleal” es un buen comodín que vale para satisfacer todos los gustos y trincheras. Basta con que uno lo suelte con firmeza, como si de una verdad irrefutable se tratase. ¿No habrá manera de desterrarlo de nuestro sistema neuronal?

Con “sin ánimo de lucro” me ocurre otro tanto. No hay manifiesto o proclama donde no aparezca. Y yo no le encuentro valor alguno más que el burocrático que le asigna la Administración en los estatutos de las asociaciones culturales para hacer referencia a que las mismas no pueden acumular riqueza. A efectos prácticos no le encuentro otro sentido. Además de que bajo ese lema, “sin ánimo de lucro”, se encuentran fundaciones que disponen de muchos recursos, como La Abadía, por poner un ejemplo. Porque la Administración, que no es tan tonta como nos creemos, ha pensado concienzudamente en los diferentes modelos de asociaciones posibles y en el amplio abanico de posibilidades tributarias que dispone para cada una de ellas. No me cansaré de repetir que Oris Teatro, la asociación cultural que edita esta revista, ya desde 1989, cuando era un grupo de teatro amateur, realiza trimestralmente declaraciones de iva. Y que la diferencia porcentual que hay sobre este impuesto, entre una asociación cultural que está exenta de iva, y una empresa constituida como trabajador autónomo, era, hasta hace bien poco, la misma que había entre una empresa constituida como trabajador autónomo y una empresa constituida como s.l. (Yo, que estoy vinculado desde hace años a una s.l. ruinosa, jamás se me ocurrió tildar a los autónomos, por este mismo asunto, de “competidores desleales”. Comprendo que son modelos empresariales distintos, con sus ventajas e inconvenientes. Y todo sea dicho denunciando la extravagante exageración de este impuesto.) Curiosamente en la misma Artez aludida anteriormente aparece un interesante artículo de Jaume Colomer —persona que no es de mi cuerda, dicho sea de paso— titulado muy explícitamente “Transformar la s.l. en asociación cultural para no repercutir el iva”, donde aclara matices y pormenores a quien le interese. Así que sobre este apartado, “sin ánimo de lucro”, y los pertinentes reproches que se le hacen a las asociaciones culturales sobre si pagan o no pagan impuestos, no tengo más que decir. Me repugna el uso y abuso de estos argumentos, qué le vamos a hacer. La cosa es bien sencilla: quienes piensen que las asociaciones culturales no cumplen con sus obligaciones tributarias y cometen algún tipo de fraude o delito, que las denuncien en los juzgados pertinentes, sin más. Yo, por mi parte, como soy muy poco especulador y desconozco las cuentas de dichas asociaciones, hasta que no se me demuestre lo contrario, les concedo la presunción de honestidad (vamos, que soy incapaz de imaginarme a los miembros de esas asociaciones “lucrados”).

Esos son los términos tradicionales, pero como toda batalla que se precie ha de desplegar su retórica coyuntural, ahora la Plataforma ha acuñado otro: “falso teatro amateur”. Concepto tan anfibio y resbaladizo como los anteriores. “Contra el falso teatro amateur”, escucho en las proclamas. Pero, como los anteriores, ¿qué quiere decir? Nada. O todo. Según lo que cada uno desee. Supongo que los autores que lo acuñaron se refieren a grupos o personas que obran en la ilegalidad dentro de ese teatro. Pero si son personas el eslogan tendría que ser “contra los falsos intérpretes amateurs”. Y si son grupos, ¿qué grupos? Porque, más allá del psicologismo atrabiliario de los emisores, el ciudadano común y resto de implicados en las protestas entienden que los grupos son los componentes de FETEAS, que es a fin de cuentas contra quien se dispara. Y si los veintitantos grupos que componen FETEAS son el “falso teatro amateur”…, ya me dirán ustedes cuál es el verdadero. En fin, para cerrar este apartado me remito a lo anteriormente escrito: si hay pruebas de peso, nombres y a los tribunales. Por lo demás es muy fácil inventarse un eslogan. Yo también podría, de la misma manera, acuñar el de “falso teatro profesional” o “falsos programadores”, y quedarme tan pancho. Lo que ocurre es que las cosas son siempre mucho más complejas de como a primer golpe de vista se nos presentan.

La pura y dura realidad

Lo que sí parece indiscutible —y supongo que en esto todos estaremos de acuerdo— es que el teatro amateur asturiano está muy bien y el teatro profesional asturiano está muy mal. Los hechos han demostrado durante estos últimos años que la Consejería de Cultura y buena parte de nuestras Concejalías de Ayuntamiento han tenido una muy buena política para el teatro amateur, pero una insuficiente o muy deficiente política cultural para el teatro profesional. Si comparamos el presupuesto y las programaciones que muchos municipios dedican a uno y otro modelo enseguida nos damos cuenta de que lo que existe es un “agravio comparativo” en detrimento del teatro profesional. Y, ¿por qué? ¿Por qué existe tal agravio? Por varios motivos, entre los que se encuentran los consabidos: porque a los programadores les encanta el teatro costumbrista, porque los espectáculos amateur les salen más baratos, porque FETEAS hace las cosas muy bien, etc., etc. Aunque a mi entender el motivo principal es llana y simplemente este: porque las Administraciones municipales no creen en el teatro profesional. Es decir, los Ayuntamientos asturianos no acaban de entender que el teatro profesional existe, que ya es una realidad en nuestra región, que hay una Escuela Superior de Arte Dramático que lo avala, que todos los municipios están habitados por alguna o varias personas que trabajan directa o indirectamente en esta profesión, que es una modalidad que ha de tener un estatus bien diferenciado, que tiene que ser también considerada como una actividad artística generadora de empleo…, y, por consiguiente, que ha de gozar del mismo prestigio profesional que otros muchos gremios (del mismo, ni más ni menos). En resumen, lo que no se acaban de creer nuestros Ayuntamientos es lo que con tanta claridad meridiana y atino reza uno de los mejores eslóganes de la Plataforma: “Porque no es nuestro hobby: es nuestra profesión” (creo que se puede decir de muchas maneras, pero no mejor ni con menos palabras).

Ahora bien, ante esta cruda tesitura, ¿entenderán algún día nuestros Ayuntamientos que el teatro profesional existe y que ha de ser considerado como se merece? Yo creo que no (lo siento, soy pesimista). Para que esto ocurra tendría que radicalizarse una lucha muy bien organizada por parte de todos los afectados durante muchos meses. Sólo así lograríamos sensibilizarlos para que abandonasen esa pragmática consuetudinaria de mínimos, consistente en gastar en un año en teatro profesional asturiano lo mismo que les cuesta una orquesta para un día de verbena en las fiestas del pueblo. Pero aunar a la profesión para echarse a la calle, con la diversidad de enfoques y puntos de vistas discrepantes, es pura quimera. Así que más nos valdría secuestrar a la desesperada (es figurado) a un político de altura, preferentemente del psoe, para darle la turra y recordarle que este asunto ha de ser también una cuestión ideológica de programa y partido, y que han de comprometerse imponiendo medidas desde arriba como si de una cuestión de principios se tratase (si es que los tienen). Pues cada día que pasa estoy más convencido de que muchas de las desventuras que padece el teatro profesional se deben, en gran medida, a que nunca hemos tenido entre los políticos importantes a nadie que creyera en este arte.

FETEAS

La asociación que agrupa a la mayoría de grupos amateur, FETEAS, ha hecho un buen trabajo, y esta es mi opinión. Así que no entiendo el porqué de tanta inquina contra la misma por parte de muchos profesionales del sector. O tal vez sí. Quizá sea porque en Asturias cuando las cosas se hacen bien, molestan. Estoy convencido de que tenemos una propensión congénita a erradicar las cosas que funcionan. Está en nuestro subconsciente, lo vengo estudiando desde hace muchos años. No le encuentro otra explicación. FETEAS es una asociación que ha conseguido cohesionar el teatro amateur, mejorar su calidad, darle visibilidad, mejorar sus infraestructura, organizar encuentros, cursos, certámenes, editar sus textos, etc., etc. Trabajo y esfuerzo les habrá costado. Supongo que los profesionales que se oponen a sus actividades lo hacen argumentando que todo lo que FETEAS hace bien es en detrimento del teatro profesional, y que por eso a ellos les va tan mal. Para entendernos: que el dinero que las Administraciones se gastan en el teatro amateur es porque se lo quitan a las programaciones del teatro profesional. Pero en esto yo soy muy escéptico y no me lo creo. Hay que demostrármelo. A veces las cosas existen no tanto porque haya unos presupuestos para repartir como porque detrás hay unos grupos que cultivan una actividad. Además, hay que ser muy ingenuo, y muy inconsciente, para creer que los graves problemas que tiene el teatro profesional guardan conexión causal con el teatro amateur. Así que no veo razones para oponerme a sus actividades como hacen muchos de los empecinados que tanto ahínco ponen en combatirlo. No me creo que si el teatro amateur quedase reducido a su mínima expresión el teatro profesional estaría mejor. Sencillamente no me lo creo, qué le vamos a hacer. (Es que lo que no acabo de entender es: ¿qué es lo que gana el teatro profesional con esta guerra?).

Pondré un ejemplo: en los años ochenta del siglo pasado había una buena política teatral para la juventud y yo he tenido la suerte de crecer a su amparo. Había anualmente un festival de teatro contemporáneo en Mérida y Almendralejo, y otro en Almagro de teatro clásico, con sus cursos y talleres correspondientes, que reunían durante una semana a grupos de comunidades de toda España (sólo Dios sabe el dinero que se gastaba el Instituto Nacional de la Juventud en aquella historia). Pues bien, todo eso desapareció hace mucho tiempo. Hay quien se cree que fue para favorecer otras actividades relacionadas con el gremio. Pero yo, como soy muy escéptico, y puesto que nadie me lo ha demostrado, no me lo creo. Yo lo único que puedo afirmarles con toda seguridad es que aquellos festivales ya no existen, y que ahora los jóvenes que quieran iniciarse en el teatro lo tienen más difícil. Es todo. Claro que siempre habrá quien diga, ¿y qué? ¿Qué importa que en España no haya teatro joven? ¿Qué importa que no haya teatro amateur? Pero no seamos ingenuos, porque la respuesta consecuente con estas preguntas podría encubrir otra pregunta lapidaria… ¿y qué importa que no haya teatro?

Mi punto de vista

El teatro profesional tiene graves problemas (ya lo he dicho). La mayoría ya se han apuntado: las Administraciones, sobre todo las municipales, no creen en él, y carecen de un programa serio (y precisamente por ello siempre van a disponer de muy poco presupuesto). Pero los problemas del sector, desgraciadamente, no se acaban ahí. La realidad presenta un cuadro de resultados mucho más complejo y caótico. La creciente atomización ha dado como corolario una cartelera muy vistosa y diversificada pero, también, muy empobrecida en lo que al número de intérpretes se refiere (tres en el mejor de los casos), que imposibilita los montajes de textos de mediano formato. Creo que pocas veces Asturias ha estado tan baja en este sentido. Para que todo esto cambie, y mejore, haría falta un proyecto general con las ideas muy claras, capaz de ponerle un poco de orden al desconcierto. Pero nada de esto ocurrirá, porque un proyecto así tendría que estar recogido en un programa político de gobierno, y a ser posible respaldado mayoritariamente por el gremio. Y no hay voluntad (también lo he dicho).

Pero pensar no cuesta dinero, así que, ¿qué contenidos principales comprendería un Plan General de las Artes Escénicas idóneo para nuestra comunidad en tiempos de crisis? Varios, aunque los principales tendrían que ir dirigidos a: 1.º) Reforzar el Circuito de Teatro Profesional, comprometiendo a los Ayuntamientos con un programa más completo y ambicioso que el actual. 2.º) Un apartado dirigido a todo lo que guarda relación con el teatro para niños, su exhibición pública, las representaciones concertadas con los centros de enseñanza primaria, secundaria, bachillerato, la universidad, y los acuerdos pertinentes con la Escuela Superior de Arte Dramático y… 3.º) La creación de un módulo intermitente de producción autóctono, con dotación económica específica que posibilite la realización de dos montajes anuales de mediano formato (allí donde no llegan con plenitud las compañías independientes), abierto a intérpretes asturianos elegidos para la ocasión, al igual que el director y el autor (aunque se entienda que estos, por conveniencia, puedan ser de fuera). Todo bajo el auspicio de Laboral Ciudad de la Cultura, el Centro Niemeyer, y con la infraestructura burocrática de recrea para no incrementar gastos innecesarios. Este módulo intermitente (yo lo llamaría siempre “intermitente” para que quedase claro que no se trata de un teatro estable, un Centro Dramático o algo parecido) tendría como principal objetivo el abordar trabajos profesionales en condiciones óptimas, con la intención de reforzar la imagen pública del teatro profesional asturiano. Y en ningún momento estaría reñido con la actividad ordinaria de las compañías profesionales, claro está, porque los espacios de exhibición y los objetivos serían distintos. Andando el tiempo, y a la vista de los resultados o conveniencias, el mismo módulo articularía otros espacios relacionados con la dramaturgia, la interpretación, etc., en procesos de creación y retroalimentación in situ. El módulo requeriría de un director general low cost con conocimiento de causa, encargado de llevar la nave a buen puerto, etc., etc., etc.

En fin, pues creo que es en esta dirección o en otras parecidas por donde —a mi juicio— deberían de ir concentrados todos los esfuerzos y disparos de lucha y reivindicación. En estas y no en otras direcciones que nos permitan caer abatidos por el fuego amigo.

Notas

Plataforma: Es la Plataforma de Apoyo al Teatro Profesional Asturiano. Desde el inicio de sus manifestaciones y proclamas, de carácter libre y asambleario, sostiene una presencia continuada en los medios de comunicación (principalmente en las redes sociales). Sus acciones han servido para dinamizar y hacer más visibles unas protestas que hasta entonces iban desgranadas por una vía más convencional a través de asociaciones corporativas. Sus reivindicaciones son genéricas y muy necesarias, aunque a mi entender las pierde el haber puesto en su punto de mira, casi como una obsesión, los logros del teatro amateur a través de la asociación FETEAS. Sus reivindicaciones son compartidas por buena parte del sector.

ACPTA: Es la Asociación de Compañías Profesionales de Teatro y Danza de Asturias. Es la agrupación de compañías más veterana de nuestra comunidad, federada en faeteda. La constituyen diez grupos. Aunque en el Principado, de más reciente formación, también está foroescena, otra asociación de compañías profesionales que integra a catorce entidades.


FETEAS: Es la Federación de Grupos de Teatro Amateur del Principado de Asturias. La constituyen veinticuatro compañías. El trabajo realizado desde su fundación hasta el momento actual ha sido capital para entender la buena situación por la que atraviesa el teatro amateur asturiano.