domingo, 6 de mayo de 2012

REFLEXIONES SOBRE EL AMATEURISMO EN LAS ARTES ESCÉNICAS.

REFLEXIONES SOBRE EL AMATEURISMO EN LAS ARTES ESCÉNICAS.

Definir los términos profesional y aficionado

Aparentemente la economía no interesa nada más que a los profesionales, si embargo el teatro amateur, que ideológicamente no mercadea, se encuentra en un mercado del teatro. Los teatreros (muy aficionados al teatro, según la acepción coloquial del DRAE)amateur necesitan al público para existir. Podemos decir por lo tanto que se mueven en un mercado. En efecto, ofrecen un producto -el espectáculo de teatro- que encuentra una demanda, la del público.

La frontera entre la condición de aficionado y el profesionalismo es vaga y porosa. Los profesionales y los aficionados están a la vez lejanos y próximos. Están alejados porque allí donde esta regulada jurídicamente  tienen un tratamiento jurídico heterogéneo y diferenciado por el Ministerio que los acoge y por una gran parte de los poderes públicos. Próximos porque la situación de aficionados y profesionales son muchas veces similares a la hora de compartir ese mismo mercado de las Artes escénicas, dándose el caso de grupos que funcionan de forma híbrida, tanto como aficionados en ciertos circuitos como profesionales al acceder a ciertas salas. Los aficionados y los profesionales forman parte de lo mismo: proponen un producto al mercado, pero ¿cómo coexisten en ese mismo espacio?

Cuando un artista profesional se ve obligado, para asegurar su supervivencia, a tener un empleo, se acerca al modelo del aficionado que practica el teatro sin que esto sea para él una fuente de ingresos. De la condición de aficionado a la de profesional, hay pues un continuum de situaciones, próximas unas de otras. Es difícil de delimitar el espacio del profesional y el de la condición de aficionado. No existe barrera verdadera y cualitativa que una vez pasada introduciría a los teatreros en la profesión. Hay unos teatreros   de quienes se está seguro que son profesionales, otros de los que se está seguro que son aficionados, pero una buena parte todavía duda. Todo transcurre como si entre el mundo aficionado y el mundo  profesional se situara un amplió espacio, dónde verdaderamente no se está en ninguna parte, pero donde todavía se puede ir de un lado al otro.

La articulación de las prácticas de aficionados y profesionales es un problema aún ampliamente cuestionado. Los aficionados y los profesionales se colocan cada uno por su parte, sin saber lo que hacen los de en frente. Las autoridades públicas validaron esta existencia heterogénea y por lo tanto reforzaron la ignorancia mutua. Hay, en esta cuestión, un verdadero reto para las políticas culturales.

Reivindicar un espacio natural para la alternativa amateur.

Las artes escénicas son una práctica de alto valor para el desarrollo personal y colectivo porque son experiencias emotivas compartidas de representación de la realidad que permiten interiorizarla y enriquecer el sistema personal de valores. Como práctica compartida, las Artes Escénicas, son un factor importante de identidad cultural y de cohesión social, entre otros motivos porque permite comprender la diversidad de expresiones culturales que conviven en un territorio.

En algunos estudios realizados sobre percepción social de la cultura se concluye que la mayoría de ciudadanos atorgan un alto valor a las prácticas artísticas para el desarrollo personal a pesar de que su práctica sea minoritaria. Hay una cierta unanimidad por parte de profesionales de disciplinas como la pedagogía, la antropología, la sociología, la historia, etc... en considerar la importancia de las prácticas artísticas en el desarrollo no solo personal sino también colectivo, pudiendo incluso establecerse una cierta correlación temporal entre el surgimiento de movimientos artísticos y la eclosión de cambios sociales significativos.

Por eso son muchos los que practican disciplinas artísticas de  forma amateur, es decir por el mero hecho de mejorar o fortalecer su desarrollo personal o sus interacciones sociales sin que ello suponga el tener que hacer de esa disciplina artística su modo de vida.

Valorizar la práctica amateur de las artes escénicas.

Hay un cierto complejo en reconocerse como perteneciente al teatro amateur, aficionado o no profesional. Muchos grupos imitan las estructuras profesionales por ausencia de modelos propios. Por otro lado un cierto número de profesionales ve lo no profesional como competencia desleal o intrusismo y por lo tanto lo desprecia y lo presenta como un producto imperfecto o mediocre que solo interesa a unos pocos.

Corresponde a los “grandes aficionados”, a aquellos que “militan” activamente en la no profesionalidad, que tienen una trayectoria consolidada en ente campo, alzar la voz y reivindicar su derecho a coexistir con lo profesional.

En el ámbito cultural, la expresión “práctica amateur” designa cualquier actividad artística y cultural ejercida fuera de toda influencia escolar o profesional, individualmente o en grupo, en el marco del ocio y el tiempo libre. El aumento del tiempo libre y la búsqueda de ese desarrollo personal o social, del que antes hablaba, explican la expansión de las prácticas artísticas no profesionales que se integra en una política general de democratización de la cultura.

Los aficionados necesitan formación, intercambios y público para adquirir las herramientas que les faltan, para encontrar la exactitud de la expresión que buscan. No reivindican la “profesión”, pero tienen la exigencia del “oficio” de actor. Ofrecen su teatro al público, y con él la libertad de descubrir nuevas posibilidades de vida, nuevos lenguajes del cuerpo, la palabra y la imaginación. Hacen trabajo de creación y permiten que nos descubramos a nosotros mismos a través de su trabajo.

El discurso del amateur debe ser vindicativo; debe defender esa opción que ha sido  injuriada, calumniada o injustamente denostada, la de quien elige de forma consciente la alternativa de la no profesionalidad.

Dave Winer dice en una entrevista en el videoblog Rocketboom: Ser amateur no es menos que ser profesional. Simplemente es otra manera de hacer las cosas. La raíz de la palabra “amateur” es amor. Alguien que hace algo por amor es un amateur. Alguien que hace las cosas para poder pagar sus facturas es un profesional. Los amateurs tienen más integridad que los profesionales. Si eres un amateur tienes menos conflictos de intereses y menos motivos para no decir la verdad que si tienes que conseguir pagar tus facturas y agradar a todo el mundo.

Pero no es necesario oponerse a lo profesional para defender lo amateur. Simplemente lo profesional no es un estadio superior del amateurismo. Muchos parecen ir pregonando en su quehacer diario algo parecido a “yo de mayor quiero ser profesional”.

Siempre que se oye la palabra amateur se piensa en alguien que realiza una actividad sin remunerar puesto que no es tan bueno como un profesional. Una definición de amateur que se construyó por oposición a profesional. Es necesario cambiar la perspectiva. Amateur es aquel que ama, aquel que hace algo por pasión. Nunca deberíamos pensar en ser amateurs para algún día llegar a ser profesionales sino lo radicalmente opuesto, si algún día dejamos de ser amateurs en algo que estamos haciendo profesionalmente, ese día debemos de dejar de ser profesionales.

Hoy en día, las etiquetas de amateur o aficionado (equivalente a diletante, que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional) son ligeramente despreciativas. Popularmente se define a un amateur o aficionado como alguien que no alcanza las normas profesionales, o que hace su trabajo con torpeza o falta de destreza o conocimiento.

Pero originalmente “amateur” proviene del verbo latino amare, amar, y se refiere a una persona que ama lo que hace, que disfruta realizando una actividad determinada. Los significados más antiguos de estas palabras, amateur o aficionado, atendían a la experiencia en si misma, al disfrute de esta y no a los resultados. Ser aficionado o amateur, sobre todo en ciertos campos como el deporte, la literatura o la ciencia, se convertía en un valor añadido. Se valoraba más el disfrute que nos proporcionaba el ejercicio de dicha actividad, aunque los resultados no cumplieran los cánones de la ortodoxia profesional.

Pero esa valoración ha cambiado. Actualmente se juzga más por los resultados y por el rendimiento, que por la calidad de la experiencia, lo que lleva a muchos a ocultar su condición de amateur o aficionado, para no sufrir las consecuencias de esa valoración despectiva. Se vuelcan más en la obtención del éxito y del reconocimiento del mercado en el que compiten, que en el disfrute de la propia experiencia. Son cada vez más los que olvidan que el disfrute de las propias acciones les impulsaría a un mayor grado de implicación en la adquisición de conocimiento y de especialización, y quizás de riesgo, que el hecho de seguir unas directrices profesionales que, mal entendidas o aplicadas, acabarán castrando su inventiva o creatividad en aras de la obtención de un éxito cortoplacista.

En el mundo de las nuevas tecnologías se puede comprobar que el saber del que se alimenta el amateur -se llame Steve Jobs o Bill Gates- produce objetivos que el profesional ni siquiera concibe. Simplemente porque el profesional tiende a seguir lo profesionalmente establecido como cierto, mientras el amateur, menos prescrito, goza la ventaja de jugar con la mentira y con la providencia de lo incierto.

El Amateur...aficionado..., no profesional, debe reivindicar un espacio natural para la alternativa no profesional datándolo de un discurso propio y de base “ideológica” sólida. Debe valorar la práctica no profesional de las artes escénicas, alzar la voz y reivindicar su derecho a coexistir con lo profesional, debe en fin practicar el amateurismo consciente, deseado, orgulloso.

El amateurismo llega más  lejos con un presupuesto exiguo que un profesional en les mismas condiciones porque suple con imaginación, pasión, sinceridad lo que no puede comprar. Las compañías no profesionales llegan, a sitios que los profesionales no pueden o no quieren llegar. Las compañías no profesionales actúan en espacios que no aceptarían nunca las compañías profesionales (sus montajes no están pensados para estos espacios) y a salas con dotaciones técnicas claramente insuficientes. No obstante consiguen atraer la atención del público, su reconocimiento y sus aplausos. Las compañías no profesionales crean público para las artes escénica, un público que luego acude a las salas comerciales y contribuyen a los ingresos de las profesionales. Las compañías no profesionales no tienen acceso a los ámbitos de decisión.

Podemos decir del amateurismo y de la profesionalidad que son las dos definiciones o ideales-tipo de las que nos servimos para describir las prácticas del teatro, las dos orillas opuestas de un mismo espacio. Pero para describir la realidad del teatro no son suficientes estos dos términos.

En nuestra opinión, la clave de una articulación positiva de las prácticas de aficionados y profesionales se encuentra en esta zona intermedia donde los modelos se cruzan y donde los protagonistas vacilan. Una política cultural audaz tendría por objetivo llenar este vacío estatutario y jurídico. Debería definir formas jurídicas para los "profesionales" y para los  "grandes aficionados" y quizás articular una forma intermedia de “semiprofesionales”. Eso permitiría una aclaración de los estatutos de los unos y de los otros, y sería entonces quizá posible prever una división razonada y adaptada a los recursos y a las especificidades de cada uno del espacio de creación y difusión artística. Una definición clara establecería un cordón sólido de transición entre el mundo aficionado y el mundo profesional.

Es esta indefinición jurídica y estatutaria la que provoca un cierto distanciamiento y desconfianza entre ambas orillas.


Carlos Taberneiro